GRANDES FUGAS: SECUESTRADORES, A SANGRE Y PÓLVORA (3 de 5) (2022)

Existen un ambiente óptimo para la creación de una banda de secuestradores: la prisión. Las claves para sostener esta tesis están en las decenas de expedientes y en los partes policiacos consultados, en las entrevistas que en voz baja dan los carceleros y en los documentos internos de diagnóstico.

Una gran estirpe de plagiarios ha sido forjada en las prisiones o, más precisamente, en el sistema de impartición de justicia y, más notoriamente, mediante las varias fugas logradas por ladrones que mutaron en libertad en secuestradores.

Es el caso de Andrés Caletri y José Luis Sánchez Canchola, quienes en 1995 salieron con plomo y sangre de la prisión de la ciudad de México. Pero volvieron, no como si la cárcel los vomitara, más bien como si los quisiera: ésta les da relaciones, les integra una nueva banda y les permite orquestar secuestros tras la rejas de las que criminales capaces de infundir el peor de los suplicios salen y entran, por las buenas y las malas, de maneras aparentemente legales y también por métodos francamente ilegales.

Porque las cárceles mexicanas, como bien sabe Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, y como se verá a continuación, están construidas con muros imaginarios.

GRANDES FUGAS: SECUESTRADORES, A SANGRE Y PÓLVORA (3 de 5) (1)

LAS LIBERTADES DEL CANCHOLA

Ciudad de México, 29 de julio (SinEmbargo).– Si se quiere ver el progresivo envejecimiento del carpintero José Luis Canchola Sánchez y del sistema penal mexicano sólo hace falta ver los expedientes judiciales del Canchola.

El 18 de febrero de 1984, con 22 años de edad encima, caminó por la colonia Ramos Millán, su rumbo. Se detuvo. Miró hacia la derecha y la izquierda y se sintió seguro. Apoyó el cincel en la chapa de una tienda de discos y regalos. Le dio un martillazo. Uno más y otro. No abría. Tres policías escucharon el ruido inusual para la madrugada y lo detuvieron. “Lo hago por necesidad”, explicó.

Fue condenado a dos meses de prisión y multa de 900 pesos o un día más de prisión. Como era un delincuente sin antecedentes, el juez le propuso pagar una multa de cuatro mil 900 pesos y tres mil pesos más para reparar del daño. El Canchola, “ladrón por necesidad”, pagó el dinero sin objeción alguna y salió libre el 7 de mayo de 1984.

El 24 de octubre de 1984, un taxista conducía su Volkswagen sedán en la colonia Agrícola Oriental. Un hombre, que cargaba un bulto blanco, le hizo parada. Torres se detuvo y, al poco tiempo de circular, El Canchola sacó del paquete un revólver calibre .32.

“¿Qué tal si te paras?”, le sugirió al conductor y lo asaltó, pero el asuntó terminó con Canchola preso y condenado a dos años de prisión. Salió bajo fianza de 30 mil pesos y se acogió al beneficio de condena condicional el 6 de agosto de 1985.

En 1986 y 1987 quedó libre por dos asuntos diferentes de drogas; el Canchola, como Caletri, es fumador de marihuana. En 1989 fue condenado a 38 años de prisión por homicidio calificado, robo calificado y disparo de arma de fuego. Fue absuelto el 30 de octubre de 1989.

Al poco tiempo fue detenido y condenado a ocho años de prisión, pero más pronto se le otorgó el beneficio de tratamiento preliberacional y pasó la Navidad de 1990 en casa.

Raúl Ojeda Mestre, entonces director general de Prevención y Readaptación Social del Distrito Federal —y quien fuera jefe de asesores de Fernando Gutiérrez Barrios, hombre emblemático del espionaje político mexicano—, escribió el 21 de noviembre de 1990 la decisión por la que el Canchola era nuevamente un hombre libre:

“En ejecución del Programa Nacional de Solidaridad Penitenciara, instituido por el C. Lic. Carlos Salinas de Gortari, Presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, se concede el tratamiento preliberacional al interno José Luis Canchola Sánchez […] Al interno deberá exhortársele a tomar conciencia de la responsabilidad que tiene al formar parte nuevamente de la sociedad, así como del compromiso que adquiere con las autoridades que confían que ha logrado asimilar positivamente la experiencia pasada”.

En 1993 y 1994, Canchola participó en al menos cinco asaltos bancarios. En 1995 integró una banda de secuestradores con un sobrino político, José Alberto Rocha Martínez El Niño y otros. Fue detenido durante el robo al banco Somex del Instituto Politécnico Nacional.

Nuevamente, un juez lo declaró absuelto por el delito de robo calificado en pandilla, pero, con el resto de asuntos pendientes, se fugó el 30 de diciembre de 1995 con Andrés Caletri y Las Víboras.

Cuarenta y dos días después regresó a las cárceles del DF, pero otro juez le fijó fianza para seguir el proceso en libertad firmando presencialmente cada semana en el juzgado.

Cuando se vio en la calle, se esfumó.

Entre 1997 y 1999, la banda ejecutó, que se tenga registro, seis secuestros, todos millonarios, y atracaron tres bancos.

En abril del 99 plagiaron a Aristeo García García.

El Canchola tenía su estilo para secuestrar. Lo mostró cuando habló con el padre de Aristeo, después de cobrar el rescate de dos millones y medio de pesos.

—¿Ya llegó tu hijo? —preguntó el secuestrador.

—No, todavía no…

—Pues no me vas a agarrar de tu pendejo, y si lo quieres ver de nuevo me vas a pagar otros dos millones y medio de pesos.

El hombre perdió contacto con los secuestradores y noticia de su hijo. Alguien le habló y dijo: “Tu hijo está secuestrado en la calle de Apologistas, Manzana 11, Lote 47, en la colonia Santa Rosita, delegación Iztacalco” y colgó de inmediato. Habló a la policía y rescataron al muchacho.

El Niño fue detenido junto con dos mujeres reclutadas para atender a los secuestrados, una de ellas vendedora de marihuana en las cárceles de la Ciudad de México que introducía oculta en el interior de su vagina cuando visitaba a su marido recluido. A estas mujeres se les llama “aguacateras” en el argot carcelario. Uno de sus clientes fue El Canchola.

El Canchola tiene otra relación en las prisiones del Distrito Federal.

Se trata de Manuel Ávila Luna, preso por robo simple, robo calificado, robo calificado en pandilla, robo a empresas y secuestro. Aunque siempre ha negado relación con El Canchola, se casó con una hermana suya, Laura Patricia, quien también se encuentra en reclusión.

Cuando lo arrestaron de nueva cuenta, El Canchola declaró: “Quienes me detuvieron me dijeron que si entregaba a [Andrés] Caletri me dejarían ir. Yo les dije que desde la fuga cada quien había agarrado por su lado y desde entonces no lo he vuelto a ver”.

Canchola recibió una condena de 42 años y medio de prisión. En noviembre de 1999, las autoridades penitenciarias de la ciudad de México no querían saber más del Canchola y resolvieron enviarlo al Centro Federal de Readaptación Social Número Uno de Almoloya de Juárez, considerado como el de más alta seguridad en el país.

Las autoridades argumentaron: “Se evadió el 30 de diciembre de 1995 del módulo de alta seguridad utilizando para ello armas de fuego junto con 12 internos, entre ellos Nicolás Andrés Caletri”.

Pero, el 12 septiembre de 2000, la jueza federal Olga Sánchez Contreras tuvo otra opinión: “El traslado (…) se traduce en un claro acto de molestia”.

Y lo amparó. El Canchola regresó al Reclusorio Oriente del DF, considerado de seguridad media en el que hoy conviven 13 mil reos, mezclados secuestradores y multihomicidas con ladrones de galletas en el supermercado.

Por si fuera poco, en junio de 2001, el juez que siguió el delito de la fuga de 1995 resolvió:

“Se declara extinguida la acción penal por prescripción en favor de José Luis Canchola Sánchez. Se ordena su inmediata y absoluta libertad”.

A los pocos días ocurrió lo mismo respecto al delito de portación de arma de fuego reservada para uso exclusivo de las Fuerzas Armadas, aunque siguió interno por los asuntos de secuestro

No obstante, el Canchola es un hombre que entra y sale de prisión con plata, plomo o tinta. Recuperó su libertad con el primero de esos materiales y se fugó del Reclusorio Sur del Distrito Federal el 29 de marzo de 2003.

Explicaría él mismo en alguna de sus declaraciones ministeriales:

“Planeé la fuga solo, sólo me ayudó un custodio al que apodan el Negro. Salí vestido de mujer”.

En enero de 2004 la policía buscaba una banda dedicada al robo de autos, pero se encontraron con El Canchola, pez más gordo, estaba en la misma búsqueda para comprarles dos vehículos camuflados de patrullas para secuestrar y también fugar a su sobrino el Niño y a su cuñado. Ya había introducido una cámara fotográfica para tomar imágenes de los puntos vulnerables del penal.

Los policías supieron que la entrega de los autos se haría el 23 de enero en el área de mariscos de la Central de Abasto. El Canchola era definitivamente un pez más gordo que el Nabor. La banda además vigilaba a un comerciante por quien calcularon pedir tres millones de pesos. Los federales esperaron el día y lo encontraron. En uno de los vehículos llevaban un fusil de asalto AK47 color negro de fabricación china y un revólver calibre .38 especial Colt plateado.

También detuvieron a Carlos Juárez Nieves El Kamala, quien estuvo preso seis años y un mes en la penitenciaría. Salió en enero de 2002. Carlos es hermano de Roberto Juárez Nieves, aquél que se había fugado de la penitenciaría el 16 de enero de 1992 en compañía de Caletri, El Duby, El Brady y otros.

“Me enteré de que Canchola se fugó en 2003. Me habló y me dijo que ya me tenía ubicado y me amenazó que si no me le unía mataría a mi familia”.

Además apresaron a Roberto Martínez del Castillo, ex convicto en 1988 por robo y portación de arma prohibida. En el presidio conoció al Canchola.

Fue absuelto por robo, pero condenado por portación de arma prohibida a tres años de prisión. Salió de la cárcel en 1989. Se reunió con El Canchola cuando éste se fugó del Reclusorio Sur.

Pero los muros de las prisiones son imaginación pura.

El 19 de julio de 2005, El Canchola dirigió desde la Penitenciaría del DF el secuestro de Rubén Omar Romano, entonces director técnico del equipo de futbol Cruz Azul, por quien reclamó cinco millones de dólares.

Romano fue rescatado ileso el 22 de septiembre de ese año por la —ya disuelta al ser incontrolable su corrupción— Agencia Federal de Investigación (AFI).

El Canchola, según las autoridades, formó un grupo con excompañeros de prisión y visitas familiares. El operador del plagio fue Omar Sandoval Orihuela El Japonés que, en 1986, siendo menor de edad, estuvo involucrado en un asesinato; había obtenido su libertad tres meses antes, el 5 de abril de 2005.

Otro de los secuestradores del entrenador fue Miguel Ángel Cruz Mercado, también con paso por las cárceles del Distrito Federal.

En ese tiempo, El Canchola estaba confinado en el módulo ocho, zona cuatro y estancia diez de la Penitenciaría. Las medidas de seguridad para que El Canchola realizara llamadas telefónicas y saliera a las áreas comunes estaban reservadas para después de que lo hicieran los demás presidiarios.

Sin embargo, “las conversaciones que tenía no eran escuchadas por nadie que estuviera presente por la privacidad a la que tienen derecho los internos y las realizaban en el teléfono público dentro del mismo dormitorio. No existe registro de las llamadas telefónicas de los internos de ningún dormitorio ya que éstos son teléfonos públicos y se desconoce si hay registro o no por parte de Telmex”, explicó el gobierno penitenciario.

En junio de 2007 un helicóptero aterrizó en el reclusorio.

El Canchola dejaría, quizás para siempre, una prisión de la ciudad de México. Lo sabía y, literalmente, se aferró de los barrotes y arañó puertas. Lo debieron arrastrar. Gritó amenazas de muerte.

El policía que lo conducía lo puso en pie, lo abofeteó y lo gritó a un palmo de la cara.

—¡Aquí la única verga parada es la mía, cabrón!

El Canchola y su ave fénix tatuada volaron de regreso a la cárcel federal de máxima seguridad entonces llamado Almoloya de Juárez. Tenía 45 años, el doble que los cumplidos cuando lo detuvieron por primera vez, la noche solitaria cuando no podía abrir una cerradura a martillazos.

Hoy, el nombre de esa prisión es El Altiplano y de ahí se fugó Joaquín El Chapo Guzmán.

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EL HERMANO CORAJE

Pasaban las seis de la tarde y el año de 1995 terminaba en el Reclusorio Oriente.

Nicolás Andrés Caletri miró a los suyos y asintió con la cabeza.

Conocía bien el momento, el del revólver hormigueando en su mano derecha. Los demás apretaron las armas pasadas de contrabando en las últimas semanas.

Avanzó con Héctor Cruz Nieto y otros cinco. Amagaron a los custodios del dormitorio. Los ataron de pies y manos con alambres y vendas para salir de la crujía.

Sometieron con un cachazo en la cabeza al guardia que encontraron y forzaron la puerta que da a la exclusa del módulo.

Encañonaron a cada guardia que encontraron y llegaron al área de visita íntima, donde tomaron como rehenes a dos custodios, convertidos en escudos en la carrera hacia la caseta 12, frente al área de servicios generales. Ahí dominaron a otros dos vigilantes.

Se apoderaron de dos escaleras extensibles para salir al patio de maniobras. Golpearon a dos supervisores y dos policías. Los encerraron en la caseta de servicios generales. Ingresaron al cinturón de seguridad.

Tirotearon las torres seis y siete. Los policías se acurrucaron sobre los talones y asomaron las escopetas y las R15.

Pero los amotinados eran cascadas de balas.

Sin soltar el gatillo, los reos colocaron las escaleras plegables en la muralla perimetral. Los alcanzó el resto incluido en el plan, entre ellos José Luis Canchola Sánchez El Canchola, Benito Vivas Ocampo El Viborón y Modesto Vivas Urzúa La Víbora. Arriba de la barda miraron la calle por primera vez en años. Se descolgaron con un gancho hecho con varilla y pedazos de tela anudada.

Caletri se desprendió a metros del suelo.

Cayó sobre los talones y los sintió convertidos en talco al instante. Ya sabía que el cuerpo es también un obstáculo. Ignoró el dolor.

Corrió.

Estaba libre de nuevo y otra vez tenía banda.

Corrió con las puntas de los pies, como los velocistas.

Iniciaba su carrera de secuestrador.

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Caletri nació en Guerrero el 3 de enero de 1956. Apenas terminó la primaria, donde aprendió a escribir en la letra manuscrita que mantiene hasta hoy. Bebía poco, prefería la marihuana.

Trabajó de 1973 a 1976 en Servicios Especiales de la Armada de México. Ahí aprendió a boxear y solicitó su baja voluntaria al poco tiempo de la muerte de su madre. Con el dinero ahorrado y con el que recibió por su cese, compró máquinas de coser y abrió un pequeño taller de costura que quebró luego de aceptar unos cheques sin fondos.

Unos amigos de su costurera le propusieron asaltar la casa del dueño de una rosticería de pollos en Los Reyes La Paz. Caletri aceptó.

Esa primera vez permaneció en el auto. Los demás entraron en la casa y salieron con varios objetos, dinero y alhajas. Hicieron tres robos por el estilo, pero las ganancias eran tan raquíticas y el riesgo tan alto que pensaron asaltar bancos.

Faltaba el método y Manuel comentó que podrían pedir trabajo a un auténtico profesional. Se citaron con él afuera de la fábrica de Pedro Domecq, que también se ubicaba en Los Reyes La Paz. Cuando Nicolás llegó, Manuel estaba con dos hombres. Uno era Leonardo Montiel El León, el otro, enorme y fornido, era Alfredo Ríos Galeana, recién fugado de la cárcel de Pachuca, Hidalgo.

Después conoció a José Bernabé Cortés Méndez El Marino, ex integrante de la Armada de México, y Álvaro Darío de León Valdés El Duby.

Caletri y Ríos Galeana platicaron durante 10 minutos. Quedaron de verse al día siguiente en el puente de Los Reyes La Paz, en el oriente del Estado de México, territorio perfectamente conocido por Ríos Galeana, “El Enemigo Público Número Uno”.

Cuando Caletri llegó, ya estaban todos. Era lunes, alrededor de las ocho de la mañana. Ríos Galeana los llevó a un banco del centro de Ixtapaluca que asaltaron en cuestión de minutos.

Caletri contó millones por primera vez en su vida: exactamente 150 millones de pesos viejos y, como a cada uno de los demás participantes, le correspondieron 15 millones de pesos, porque, y esta fue otra lección de Ríos Galeana, la plata se repartía en tantos iguales.

Siguieron a otro banco en Chiconcuac, Estado de México, al parecer un Bancomer vigilado desde días antes. Nuevamente se robaron 150 millones de pesos. Caletri recibió 20 millones de pesos entregados en alguno de los parques de cemento y tierra de Ciudad Neza y exploraron el Distrito Federal.

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La suerte terminó para Caletri en 1982. Fue detenido por la Dirección Federal de Seguridad frente a su familia en la colonia Maravillas de Ciudad Neza, cuando esta parte del Estado de México era un llano tierra salada y basura. Era Gobernador Alfredo del Mazo González, tío consanguíneo y primer padre político del actual Presidente Enrique Peña Nieto.

La cárcel fue el inicio de la carrera de Caletri y el final de su relación con Ríos Galeana. Entró al Reclusorio Sur del DF donde pasó los siguientes cinco años de su vida. En 1987 fue trasladado a Santa Martha Acatitla, donde estuvo cuatro años más. En la Peni, Caletri tenía una cafetería, un restaurante, y se convirtió en prestamista.

Ahorró dinero y, más importante, conoció gente.

Héctor Cruz Nieto, el compadre de Ríos Galeana, fue detenido y sentenciado en mayo de 1991. Entró en la penitenciaría y se reencontró con los viejos amigos. Planearon la fuga de inmediato. Usaron de correo con el exterior a una mujer llamada Juana Catalina Corona Landa, quien llevaba y traía información al Marino. Tras varias cancelaciones, decidieron abandonar Santa Martha el 16 de enero de 1992 a las siete de la mañana.

El plan incluyó al Duby, Bernabé Guerra Villalobos El Rambo, El León, Roberto Malváez Brady El Brady y Adrián Gutiérrez Torner.

El Brady ya conocía la libertad ganada a la brava. El 22 de noviembre de 1986 huyó del Reclusorio Sur con Eduardo Rosey Lira, Ríos Galeana, Ignacio Pérez Gutiérrez El Zalacuaz y José Antonio Bautista Conde el Conde, quien de guardia colaborador pasó a criminal fugitivo.

En las cárceles de la Ciudad de México se sabía que El Brady ya había escapado también de chironas estadounidenses. A partir de la fuga de 1986, el Gringo Loco, como también se le conocía al Brady, se había integrado a la banda y había participado activamente.

Esta vez, el 16 de enero de 1992, la señal serían tres estallidos en el cielo. Adrián Gutiérrez Torner debía llevar unas sábanas convertidas en cuerdas.

Minutos antes de las siete de la mañana, el Marino y Eduardo Carranco Guzmán, ex convicto y compadre de Caletri, se situaron en la calle y lanzaron los cohetes. Apenas estalló el último, lanzaron una lluvia de fuego al interior de la cárcel.

El custodio apostado en el garitón cinco, vio a varios convictos que corrían hacia la caseta de vigilancia del dormitorio cinco.

Escuchó que se rompía un cristal y algo húmedo y caliente escurrió por su cabeza.

Sangraba.

Escuchó varios disparos hacia su torre, no desde el interior de la prisión, sino desde afuera. Alcanzó su arma y observó que tres internos avanzaban rápidamente por el cinturón de seguridad. Disparó. La tempestad que venía de la calle recrudeció y se combinó con disparos hechos desde adentro por los amotinados.

Las armas habían sido guardadas y custodiadas con anterioridad por El Gringo Brady en el dormitorio siete de la penitenciaría. El guardia debió guarecerse nuevamente. Sintió que las escaleras metálicas de su torre se cimbraban. Con la mirada baja, sólo vio un pequeño cañón que le apuntaba y escuchó una voz.

“¡A este ya se lo llevó su pinche madre!”.

Silencio y luego el escándalo de la alarma general.

El Brady presintió la calle bajo sus botines negros. Corrió hacia el garitón, pero perdió el equilibrio y cayó al piso en la zona de seguridad. Quiso levantarse y fingir que nada había pasado. Pero uno de sus tobillos se había convertido en un trapo.

Gutiérrez Torner llegó a la quinta atalaya sin suficientes sábanas. Encontró al Rambo, a Leonardo Montiel y al Duby.

Hicieron una torre humana para bajar. Gutiérrez Torner sintió miedo y saltó. Cayó en la maleza y quedó en silencio con las muelas apretadas, queriendo aullar. Ahí lo encontraron, con las rodillas partidas.

Todos los demás lo lograron. Alcanzaron los autos dispuestos para continuar el escape y fueron a una casa de seguridad.

Cuando recapturaron al Duby explicó sus motivos para huir: “Sí, acepto que me brinqué la barda para irme por la presión que hay en este penal, porque hay muchos locos ahí, drogadictos y de todo eso. No aguanto yo estar con gente así”.

El Duby tenía su historia propia. En abril de 1989, la policía encontró un cementerio clandestino en Matamoros, Tamaulipas, con 15 cuerpos mutilados por los “ahijados de Satán”, jóvenes sicarios del Cártel del Golfo a quienes se llamó “Los Narcosatánicos”.

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Tras la fuga, el grupo se ocultó 20 días en una casa de seguridad. Los hombres del Marino les llevaron comida y ropa. El grupo se mudó a Atizapán y regresó al oriente de la ciudad, a Chiconautla. Ahí planearon los nuevos asaltos. El Marino organizó al grupo.

En abril planearon el robo de la sucursal Banamex frente a la Alberca Olímpica y siguieron varios más hasta que la situación se hizo insostenible, demasiado caliente, dirían ellos, en la Ciudad de México, así que decidieron enfriar.

El Duby, uno de Los Narcosatánicos, tenía familia en Matamoros y la banda decidió tomar vacaciones en Tamaulipas, pero a la semana se aburrieron y regresaron. Se desviaron a Matehuala, San Luis Potosí, donde El Duby gozaba de la amistad de Guillermo Jiménez Látigo desde la secundaria.

El primero se hizo bandido y el segundo agente de la incorregible Policía Federal de Caminos, ya también desaparecida.

Jiménez Látigo estaba destacado en Matehuala, donde recibió la llamada del Duby. Quedaron de encontrarse.

Guillermo buscó a un compadre suyo propietario del rancho Los Cedrales, en Vanegas, San Luis Potosí y logró ocultar ahí a los forajidos, seis en total, incluidos los hermanos Vicente y Andrés Caletri. La visita se convirtió en una venta de armas ofrecidas por el anfitrión.

El Marino se interesó en el rifle automático AK47 y pagó sin chistar 4 millones de viejos pesos por el cuerno de chivo.

El Duby compró una pistola calibre .45 marca Colt.

Los hombres estaban de buen humor y como no hay vacaciones sin fotografías, uno de ellos sacó una cámara fotográfica y toda la banda posó con las armas.

A la mañana siguiente, dividieron la banda en dos y asaltaron de manera simultánea dos bancos de Matehuala. Al León le tocó un tiro en la rodilla y no logró escapar.

La pandilla se reagrupó. Metieron las armas largas en petacas deportivas y éstas en la cajuela de la camioneta azul con franjas en los costados del Duby. Herido El León, el grupo regresó con el presentimiento de la sangre.

El Duby manejó parte de la madrugada del 31 de agosto de 1992. En Hidalgo, después de Ciudad Sahagún, una patrulla de la Policía Federal de Caminos los detuvo. El oficial le pidió los documentos al Duby, y éste le explicó que no traía licencia, pues el chofer era Caletri, quien descendió para hablar con el oficial.

Le mostró una licencia de manejo con un nombre falso y la tarjeta de circulación al policía federal Gerónimo García Castaño.

Hablaron tres minutos a dos metros y medio de la patrulla colocada detrás de los ladrones y ocupada por el oficial Gustavo Sánchez Baylón.

—¿Qué llevan atrás? —preguntó Gerónimo.

—Nada —respondió Caletri sin convencerlo.

—Abre la cajuela —pidió el policía.

Las torretas de la patrulla pringaban destellos azules y rojos a la fresca madrugada del campo abierto de Hidalgo. Los faros también estaban encendidos y, a pesar de los vidrios polarizados, el policía Sánchez Baylón notó las maletas

Lo comentó y Gerónimo ordenó a Caletri que las bajara. Dentro de la camioneta sólo se veían sombras. El asaltante dudó.

—¡Ábranlas! —exigió Gerónimo.

Caletri trató de argumentar algo, pero esa madrugada no estaba para convencer a nadie.

A dos metros de distancia, la luz y el plomo alcanzan su destino al mismo tiempo.

En la primera ráfaga de relámpagos, Gerónimo cayó al suelo, delante de la patrulla. Sánchez Baylón salió, desenfundó y respondió.

Minuto y medio de fuego.

Se quiso guarecer detrás de su vehículo y sintió un marrazo en la cadera derecha. Rengueó y se ocultó. Cambió el cargador y disparó de nuevo, pero el arma se trabó. Abrió el mecanismo e hizo un último disparo. Se dejó caer a la cuneta de la pista y rodó hacia la hierba. Permaneció inmóvil. Trataba de contener el jadeo, el grito de dolor.

Pasaron cuatro minutos.

Los ladrones arrancaron la camioneta y se fueron sin quitar el dedo del gatillo. Sánchez Baylón volvió a la carretera y buscó a su compañero. Aún estaba vivo. Trató de arrancar la patrulla. No pudo. Pidió ayuda por radio y llegó una ambulancia.

El policía federal Gerónimo murió en el hospital de un tiro calibre.45 que salió del arma en cuya venta participó el policía federal de caminos Jiménez Látigo, ahora convertido al cristianismo.

Caletri sintió cómo el fuego le entraba por la parte baja de la espalda y se le anidaba en los intestinos. Perdió el conocimiento. Kilómetros adelante, la banda abandonó la camioneta. Los federales revisaron entre las vestiduras llenas de sangre y encontraron la cámara fotográfica y dentro el rollo de película.

En el laboratorio aparecieron los viejos conocidos. En una imagen, Leonardo Montiel Ruiz posaba con una subametralladora Ingram y a la altura de la cintura del lado izquierdo una pistola tipo escuadra. Andrés Caletri López cargaba un fusil M-1 con mira telescópica y en la mano izquierda una granada de mano.

El Marino presumía una carabina AK47 en la mano derecha y a la altura de la cintura tenía clavada una pistola escuadra. El Duby mostraba a la cámara una granada en la mano derecha y en la cintura del mismo lado una escuadra.

Alguien más apareció en las imágenes: “Es el compadre de Jiménez Látigo”, dijo sin asomo de duda algún policía federal.

El 1 de septiembre, una de las hermanas de Caletri, María Idalia, recibió una llamada del Hospital Rubén Leñero para que visitara al enfermo Nicolás Rojas Hernández. Después recibió varias llamadas anónimas con la aclaración de que se trataba de su hermano. La amenazaron —en esto coincidirían las declaraciones de los hermanos Caletri—: si no se hacía cargo del herido, matarían a sus tres hijos. También debía conseguir una clínica particular para el traslado del ladrón. María Idalia encontró un pequeño hospital en Nueva Aragón, Ciudad Neza.

Ocho días después, la PJF recibió una llamada anónima en sus oficinas de Cuernavaca. El pitazo adelantaba que la banda responsable de la muerte del federal Gerónimo García Castaño se reuniría en Los Reyes La Paz, sobre la carretera México-Texcoco, en el restaurante El Texcocano.

Dos automóviles se estacionaron frente al comedor a las siete de la noche. La policía reconoció de inmediato al Marino y al Duby. El Marino corrió, disparó y sacó de una mochila de cintura una granada de mano. Se la llevó a la boca para sacarle la espoleta.

El Marino, relacionado con al menos 67 homicidios, más de 50 asaltos bancarios y dos fugas, murió en el intento de estallar la piña.

Al día siguiente de la balacera en Texcoco, Caletri se dio de alta ante la insistencia del médico de la clínica privada de dar parte al ministerio público. María Idalia rentó un cuarto en la colonia Nueva Aragón, a cinco cuadras de su casa. Lo visitaba dos o tres veces a la semana, y contrató a alguien de confianza para que alimentara al herido y fuera a la farmacia cuando algo se necesitara. Ensopado por la fiebre, Caletri podía conciliar el sueño sólo durante algunas horas. Únicamente dormía en paz si tenía dos alacranes debajo de la cabeza. Dormía con un revólver .38 y una escuadra .45 debajo de la almohada.

La policía siguió a María Idalia. La detuvieron junto a su hermano Vicente y ambos llevaron a los oficiales al cuarto.

— ¡Hija de la chingada, me traicionaste! —aulló Caletri, ignorante de la muerte del Marino y la detención del Duby.

Se revolvió y sacó una pistola debajo de la almohada y disparó sin importar que entre él y los policías estuvieran sus hermanos. No hirió a nadie. Él mismo estaba demasiado herido y volvió a la prisión, esta vez con una bolsa de plástico en el costado derecho por donde defecaba sin control.

Convaleciente, permaneció hasta el cuarto o quinto mes de reclusión en el área de celdas de nuevo ingreso.

En ese tiempo entró a prisión un policía judicial del Distrito Federal llamado Camerino López, a quien pronto rodearon varios internos con la idea de matarlo, pues lo acusaban de haberlos detenido. Sin conocerlos, Caletri se refirió a los hombres como sus amigos. A partir de ese momento, los policías se escudaron en el ladrón.

“Esto lo hice con otros policías y comandantes de quienes no recuerdo sus nombres, pero entre ellos había un comandante acusado de dar protección [al narcotraficante] Rafael Caro Quintero”, declararía Caletri.

Mejoró su salud y fue trasladado al módulo de máxima seguridad del Reclusorio Oriente.

Se encontró con José Luis Canchola Sánchez El Canchola, otro asaltabancos. Y, más importante, conoció a Modesto Vivas Urzúa La Víbora y su familiar Benito Vivas El Viborón, recluidos por secuestro.

Y si Ríos Galeana le enseñó a Caletri el método para el asalto, el Viborón le dio cátedra de secuestro.

Las Víboras y sus principales socios, los hermanos José, Francisco y Liborio Colín Domínguez, se conocieron de niños en la milpa de Tlayca, municipio de Jonacatepec, Morelos. Era un pueblo de 500 personas cuyos niños dejaron de soñar con ser campesinos o migrar a Estados Unidos.

Su fantasía fue el secuestro.

Los secuestros y los secuestradores, como si fueran parte de una red infinita, nunca terminan de tejerse.

La herencia de Las Víboras es un árbol genealógico de al menos 107 secuestradores, uno de ellos, fundamental en el crecimiento de la Hidra, fue Nicolás Andrés Caletri.

Andrés Caletri se recuperó en el Reclusorio Oriente del balazo en la parte baja de la espalda. Estaba en proceso por asociación delictuosa, daño en propiedad ajena, defraudación fiscal, evasión de presos, homicidio calificado, lesiones leves, portación de arma prohibida, posesión de armas para uso exclusivo del Ejército y robo simple. Muchos años.

Resurgió la idea de la fuga. El Canchola y Héctor Cruz Nieto tenían las armas de fuego. Se fugaron el 30 de diciembre de 1995 y se ocultaron en una casa de Aragón durante 25 días. El Canchola y Héctor Cruz Nieto bebían demasiado y andaban por cualquier parte en un auto robado.

El resto del grupo se imaginó de regreso a la prisión y se separaron. Las declaraciones de Caletri y Canchola son coincidentes en esto: nunca más volvieron a trabajar juntos. La policía insiste en que sí y en que Canchola quedó subordinado a Caletri. En los expedientes de uno y otro, la única concurrencia es la fuga de 1995.

Veinticinco días antes de la fuga del Reclusorio Oriente, las autoridades carcelarias ya sabían de los planes de evasión. Pero el rumor soplaba hacia Eduardo Carranco Guzmán, Néstor Williams Galindo y Efraín Montes de Oca, cuñado de Caletri y también aprendiz de Ríos Galeana; entonces se ordenó que éstos fueran trasladados.

Pero los demás se fugaron y al poco tiempo tomaron caminos diferentes.

Tras separarse del Canchola y La Víbora, Caletri, Cruz Nieto y El Viborón siguieron al siempre socorrido Estado de México.

Se ocultaron un mes en la casa de un amigo de Caletri, en Amecameca. El receso terminó y, como El Viborón conocía cada metro de Morelos, escogieron asaltar la sucursal de Bancomer en el centro de Cuautla.

Cruz Nieto sumó dos miembros a la banda, Héctor Peralta Vázquez El Papis y Erick Sánchez Chávez el Erick. Se llevaron un millón 100 mil pesos.

El Viborón planteó que el secuestro era más rentable y más seguro que los asaltos bancarios.

Fue convincente y Caletri se hizo secuestrador a mediados de 1996.

Caletri vivió la siguiente separación de su banda a finales de ese mismo año. El Viborón propuso a Caletri y El Alacrán el plagio del agricultor de cebollas a cuyo hijo habían levantado y asesinado los mismos Víboras 12 años atrás. Liborio se rascó la cabeza.

—Ese señor tiene familiares en el Ejército y la policía —sentenció y se negó a participar. Caletri siguió el ejemplo.

Al día siguiente, Cuautla se llenó de los rumores del secuestro del cebollero. Caletri y El Alacrán subieron a las cuevas donde vivían, a dos kilómetros y medio del caserío. Desde la altura veían todas las entradas del pueblo. A los tres días, como si fuera un hormiguero pisado, observaron Tlayca infestado por policías corriendo por todos lados.

Caletri, según las versiones policiacas, es retratado como el dueño de un conjunto de bandas de secuestradores. Pero a la vista de los expedientes era más bien un comodín que sólo participaba en dos de las partes más comprometedoras del secuestro, la negociación, por el registro de voz, y el cobro, pues ya no existe la ventaja de la sorpresa y la presencia de un secuestrador es obligada. Otro segmento de alto riesgo es la compra de protección con las autoridades. Por eso las bandas que más perduran no son simples células, sino estructuras donde sólo algunos saben con certeza quiénes son todos los cómplices.

Si Arizmendi dio una lección sobre el uso de la violencia como el principal valor de su empresa y la constitución de ésta a partir de la familia, la carrera de Caletri es muestra de cómo las prisiones mexicanas son el mejor medio para el establecimiento de una red criminal flexible, en la que algunos de sus integrantes se relacionan con cierta independencia y se convierten en verdaderos seleccionados nacionales del crimen.

Dos hombres son ejemplo de esto: El Papis y El Jarocho, compadres entre sí. Trabajaron bajo las órdenes del Marino, brazo derecho de Ríos Galeana; Caletri; El Negro Anduaga, y El Coronel.

El Papis operaba los secuestros y asaltos en el terreno físico sin asomo de miedo, entendiendo perfectamente el estado de ánimo del resto del grupo y motivándolo. El Jarocho es el doctor Jekyll y míster Hyde y la pócima que convierte a uno en el otro es un arma de fuego. De carácter introvertido a pesar de su origen veracruzano, se transforma con cualquier tipo de arma de fuego en la mano, como si el pedazo de metal se hiciera parte de su cuerpo, útil no sólo para disparar, sino como objeto contundente. Y es excelente al volante. La combinación le resultaba intimidante a los policías en los enfrentamientos.

El Papis y el Jarocho estuvieron nuevamente juntos en la Penitenciaría del Distrito Federal. Y las historias que salen de ahí difieren de la idea construida de Caletri, de quien se dice que hasta hizo fajina, sin habilidad de planear, disparar ni manejar. Pero cada gramo suyo estaba hecho de coraje.

Uno de sus empleadores fue Alejandro Acevedo Ventura, El Guerrero.

GRANDES FUGAS: SECUESTRADORES, A SANGRE Y PÓLVORA (3 de 5) (8)

El Guerrero es o era un hombre de un metro 79 centímetros de estatura, y de 85 kilos de músculo forrado de grasa. Como esos cuerpos que parecen de astronauta en su traje espacial. Nació el 2 de enero de 1974 en Guerrero, el estado de Caletri y Ríos Galeana.

A los 18 años de edad, El Guerrero conoció la cárcel y el plomo ardiente en la espalda.

Fue condenado a cuatro años y seis meses de prisión. Ahí se relacionó con Eduardo Cervantes González El Severo, considerado como el principal vendedor de drogas y dirigente de una banda de extorsionadores presos en el módulo de máxima seguridad del Reclusorio Norte.

El 28 de enero de 1993 se acogió al beneficio de trabajo a favor de la comunidad. Regresó a la cárcel en 1998, ya convertido en secuestrador.

Alejandro Acevedo se fugó de la Penitenciaría del Distrito Federal el domingo 24 de junio de 2002. Entre los custodios de la Peni existen dos versiones al respecto. En la primera, un apodado El Chupacabras obtuvo la ropa de civil —cualquier cosa que no sea azul ni beige— para El Guerrero.

Las prendas habrían sido colocadas en una almohada cosida por la esposa del Chupacabras. A las 3.15 de la tarde, dos custodios lo sacaron tras pactar el pago de 500 mil pesos, la mitad entregada por adelantado. El resto se pagaría cuando entregaran libre, sano y salvo al Guerrero a un grupo armado apostado en la calzada Ermita Iztapalapa, muy cerca de la cárcel.

Los custodios cumplieron, pero los cómplices del Guerrero no: los encañonaron y los guardias entendieron que en el mejor de los casos terminarían dentro de la prisión que custodiaban.

En la segunda historia la fuga fue apoyada únicamente por los custodios asignados al dormitorio seis. Un visitante del Guerrero le proporcionó un gafete, ropa de paisano y salió a las 3.15 de la tarde. Pasó las casetas del Centro Escolar, conocido en la prisión como “puesto de tacos”, atravesó la puerta negra y las aduanas de personas sin dificultades. Algún guardia le aplicó los sellos de tinta detectable bajo luz negra en la muñeca. En el último punto de revisión, el vigilante lo detuvo y comentó su notable parecido con su hermano.

En la Penitenciaría del Distrito Federal, la cárcel más dura de la Ciudad de México, se dice que se fue a su pueblo natal, Playa San Buenaventura. También se dice que Acevedo murió en un accidente automovilístico en la Autopista México-Acapulco.

Andrés Caletri pensó en el retiro y se ocultó en la ciudad de Puebla con un millón de pesos, pero su pasado lo perseguió hasta alcanzarlo en Pinotepa Nacional.

El 21 de febrero de 2000, bajo el sol de mediodía que incendia cada átomo de polvo, Caletri salió de su parcela.

Manejó el Renault 18 modelo 1980 color negro, su último auto, y se detuvo frente a la caseta telefónica de Rancho Viejo. Sacó de su cartera negra un papelito amarillo donde tenía anotado el teléfono de la caseta de Chalco, Estado de México, a la que se comunicaba con su hijo.

Chalco, el pueblo tragado por la ciudad y la miseria en el que Carlos Salinas de Gortari lloró cuando subió el interruptor para declarar la existencia de la electricidad.

Caletri pidió que lo comunicaran con su hijo, como hacía cada mes. La mujer que contestó le pidió hablar nuevamente en 10 minutos para ir por el niño.

Caletri esperó. El calor derretía el horizonte.

Miró su reloj y pidió de nuevo la llamada. Padre e hijo se saludaron, iniciaron la rutina sobre las clases de natación, ayudar a su madre, portarse bien. De la tierra chamuscada apareció una estampida de policías.

Soltó el auricular.

Dijo llamarse Fernando Ramírez García, les mostró una credencial de elector y una licencia de conducir, pero al poco tiempo admitió su verdadero nombre. Esculcaron su auto y encontraron sus últimos ocho mil 100 pesos y, al lado, la vieja Colt .38 súper, tipo escuadra y cromada, como el alacrán que lo arrullaba en las noches de fiebre y pedazos de estómago saliéndole por el cuero.

“Coopero con la autoridad y por ello he manifestado todos los hechos que son de mi conocimiento y en los que he participado con el objeto de que no se inmiscuya a mi esposa ni a mi hijo. Me han dicho que si colaboro la situación de mi esposa se resolverá conforme a derecho”.

En el único momento en que se mostró altivo durante el interrogatorio, Caletri diría:

“Personalmente jamás utilicé protección de la policía. No confío en la policía […] Que yo sepa, nunca he tenido un apodo. Nunca he permitido que me digan de ninguna manera distinta a mi nombre”.

Pero Caletri, como con todos los habitantes de su mundo ocurre, también fue rebautizado. Se le llamó el Hermano Coraje.

Caletri pasaría los siguientes años de su vida en el penal de Almoloya, luego renombrado como de La Palma y finalmente como El Altiplano, el mismo del que se fugara, con menos plomo y más plata, Joaquín El Chapo Guzmán.

NOTA:

Este reportaje está elaborado a partir de entrevistas con funcionarios y exfuncionarios penitenciarios, internos y exconvictos y las declaraciones, peritajes y partes policiacos contenidos en los siguientes expedientes:

Nicolás Andrés Caletri

–Averiguación previa PGR/UEDO/006/00.

–Averiguación previa IZP/70-9/1020/02-06 iniciada por el delito de evasión de reos

–Causa penal 37/82 en el Juzgado 29 de lo Penal.

–Toca penal 16/94 instruida por el Tribunal Unitario del Primer Circuito.

–Causa penal 26/94 por portación de arma de fuego reservada para uso exclusivo del Ejército, Armada y Fuerza aérea instruida por Fernando Hernández Piña, juez 2 de Distrito en Materia Penal del Distrito Federal.

–Causa penal 124/92 por homicidio, portación de arma de fuego reservada para uso exclusivo del Ejército, Armada y Fuerza área, asociación delictuosa, cometido contra funcionarios públicos, lesiones y portación de arma de fuego resuelta contra Andrés Caletri y Álvaro Darío de León Valdez; sentencia de 14 años de prisión por la juez 3 de Distrito en Materia Penal del Distrito Federal, Olga Sánchez Contreras.

–Causas penales 12/92, 88/92 y 92/92 por los delitos de evasión de presos, robo y asociación delictuosa instruidas por el juez 16 de lo Penal del Distrito Federal, Roberto Martín López.

–Causa penal 165/92 por robo instruida por el juez 16 de lo Penal del Distrito Federal, Roberto Martín López.

–Causa penal 28/2000 resuelta por Octavio Bolaños Valadez, juez 3 de Distrito en Materia de Procesos Penales Federales en el Estado de México. Sentencia dictada el 17 de octubre de 2008.

–Causa penal 124/92 Juzgado 3 de Distrito.

José Luis Canchola Sánchez

–Averiguación previa 59/010199/99 07.

–Toca penal 1524/2001 resuelto por la Octava Sala del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal.

–Causa penal 202/99 y su sentencia dictada por el juez 1 de lo Penal del Distrito Federal, Manuel Alvarado Lara.

–Averiguación previa 50/01019/99 07.

–Averiguación previa DGSP/03/99-01.

–Averiguación previa DGSP/186/98-12.

–Toca penal 1731/2000 resuelta por la Octava Sala del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal, magistrados Aurora Gómez Aguilar, Francisco Chávez Hochtrasser y Javier Raúl Ayala Casillas.

–Toca penal 424/2007 resuelta por el Cuarto Tribunal Unitario en Materia Penal del Primer Circuito.

–Denuncia de hechos del 10 de marzo de 2006 averiguación previa F12P/12P-9T2/911/06-03.

–Averiguación previa 59/010199/99 07.

–Causa penal 17/04 instruida por el delito de delincuencia organizada por el juez 56 de lo Penal del Distrito Federal, José Eligio Rodríguez Alba.

Alejandro Acevedo

–Causa penal 212/98 instruida por la juez 27 de lo Penal, Leticia Alejandra Pliego Ruiz, quien condenó al Guerrero a 48 años y nueve meses de prisión por el secuestro de los Zaga; ya había estado por robo de auto en 1994 en el Reclusorio Oriente y aún tenía otro proceso por robo en la causa penal 40/90 en el Juzgado 11 de lo Penal, por lo que en 2001 tenía una sentencia total de 57 años, un mes y 15 días.

–Causa penal 28/2000 resuelta por Octavio Bolaños Valadez, juez 3 de Distrito en Materia de Procesos Penales Federales en el Estado de México. Sentencia dictada el 17 de octubre de 2008.

GRANDES FUGAS: SECUESTRADORES, A SANGRE Y PÓLVORA (3 de 5) (10)

Humberto Padgett

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Last Updated: 11/12/2022

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